
La plaza Alfonso López de Valledupar, sitio emblemático y cargado de significado cultural en la capital del Cesar. Foto: Alcaldía municipal de Valledupar.
El departamento del Cesar y su capital, deparan a quienes la visitan el cálido abrazo de una tierra de mitos, música, cultura y gastronomía.
Amor de mis amores, tú que eres la errante golondrina,
deja de ser el alma peregrina y escucha mis canciones.
Ven a la tierra mía, mi tierra gloriosa de acordeones,
región laboriosa y con mil dones, seguro que aquí te quedarías.
‘Nació mi poesía’, canción de Fernando Dangond
Valledupar es una ciudad donde la tradición sigue viva en cada rincón. Se siente en la música que nunca deja de sonar, en las plazas donde la historia aún resuena y en los sabores que han pasado de generación en generación. Desde las arepas vallenatas servidas con queso hasta los guisos de chivo que conservan el sabor de la cocina ancestral, la gastronomía es una parte esencial de esta identidad.
En este recorrido, visitamos pueblos con siglos de historia, donde las calles empedradas y las mochilas tejidas a mano cuentan la memoria de sus habitantes. Nos sumergimos en ríos cristalinos, compartimos con comunidades indígenas que mantienen vivas sus costumbres y probamos dulces tradicionales que aún se preparan como lo hacían sus antepasados. Desde la Sierra Nevada hasta las plazas donde el vallenato nació, cada lugar nos mostró una faceta única de esta tierra.
Este viaje no solo fue una ruta por el mapa, Valledupar fue una experiencia que se descubre en cada historia, en cada plato y en cada nota del acordeón. Aquí la tradición no es pasado, es parte del presente y se percibe en cada encuentro.
Día 1: de Valencia de Jesús a el Zanjón
A las seis de la mañana partimos desde Barranquilla un grupo animado por nuestra pasión por la historia, la música y la comida típica. Mientras avanzábamos por la carretera hacia el Cesar, la Sierra Nevada de Santa Marta comenzó a aparecer al horizonte con su majestuoso pico nevado, anticipando la riqueza cultural y natural que descubriríamos en el camino.
La primera parada fue cerca a Aracataca. Nos detuvimos a probar el peto que venden al borde de la carretera. Este clásico del Caribe, hecho de maíz blanco y endulzado con panela, es sencillo pero reconfortante, y fue el recibimiento perfecto a la riqueza gastronómica del Cesar.
Más adelante llegamos a Valencia de Jesús, un pueblo cargado de historia. Su iglesia colonial, construida en 1534 y declarada Monumento Nacional de Colombia, se alza como un testimonio del pasado indígena y la colonización española. Originalmente un resguardo Chimila, este lugar se transformó en un importante centro de adoctrinamiento católico. Además, es conocido como la cuna de Calixto Ochoa, legendario acordeonero y compositor vallenato, cuya música refleja la esencia de la comunidad.
Nuestra siguiente parada fue el Zanjón, un espacio donde la sostenibilidad y la tradición se unen. Allí visitamos un proyecto de reforestación con árboles de Melina y disfrutamos de un almuerzo inolvidable: un sancocho de chivo, un plato que captura la esencia de la cocina local. Por la tarde llegamos a Valledupar y nos instalamos en el Balcón Maestre, una joya de la arquitectura colonial con una rica historia que compartir. Este Bed and Breakfast situado frente a la emblemática Plaza Alfonso López, nos ofreció la oportunidad de sumergirnos en el corazón cultural de la ciudad y conectarnos con la vida local.
Esta plaza, establecida en 1578, es un espacio lleno de historia y tradición. Allí se encuentran edificios emblemáticos como la alcaldía, la iglesia de la Inmaculada Concepción y la tarima Francisco El Hombre, donde alguna vez se celebraron los concursos del Festival de la Leyenda Vallenata. Aunque los eventos principales del festival se trasladaron al Parque de la Leyenda Vallenata, la plaza sigue siendo el corazón cultural de la ciudad.
Esa noche, tras nuestra llegada, disfrutamos de una parranda vallenata cortesía del historiador Carlos Liñán Pitre, quien nos transportó al pasado con relatos y canciones. Las calles de Valledupar, iluminadas por la luna, se llenaron de historias en ese balcón que nos recordó que “hay lugares que tienen poesía… Hay paisajes que tienen nombre”.

Una curiosa vista nocturna bajo la luz de la luna del río Guatapurí, balneario por excelencia que nace en la Sierra Nevada de Santa Marta y al que nunca le dejan de cantar. Foto: Reddit.

Una sabroso caldo y su consabida dosis de bastimento, esencia del sancocho de chivo. Foto: Cristina Said.
Día 2: El río Guatapurí, Patillal, Atánquez, el Balneario La Mina y almuerzo en Las Majomas
El segundo día comenzó con un desayuno típico en el Balcón Maestre, donde las arepas vallenatas fueron las protagonistas. Estas arepas, más pequeñas y gruesas que las tradicionales colombianas, están hechas con una masa de maíz pelado y llevan abundante queso, luego son horneadas hasta alcanzar una textura perfecta. También disfrutamos de rosquetes fritos, una delicia típica que combina lo dulce y lo salado. Este desayuno, servido en el ambiente colonial de nuestro hospedaje, fue el inicio ideal para un día lleno de aventuras.
Nuestra primera parada fue en Patillal, un pueblo pequeño pero fundamental en la historia del vallenato. En el Parque de las Monedas se rinde homenaje a juglares como Rafael Escalona, Freddy Molina y Octavio Daza con esculturas en forma de monedas gigantes que llevan sus rostros y letras de sus canciones más representativas. Aquí, Carlos Liñán nos relató cómo estos músicos encontraron en los paisajes de Patillal la inspiración para sus composiciones.
Luego visitamos Atánquez, el principal asentamiento del pueblo Kankuamo. Este lugar, con sus calles empedradas y rodeada de cerros, es el corazón de la cultura indígena de la región. Allí aprendimos sobre la importancia de la mochila de fique como símbolo de identidad cultural, y probamos el alfandoque, un dulce hecho de melaza y envuelto en hoja de plátano, que también es una fuente de ingreso para las familias locales.
Nuestra siguiente parada fue el balneario La Mina, en el Resguardo Indígena Kankuamo. Este rincón natural nos dejó sin palabras. Las aguas cristalinas del río Badillo, rodeadas de formaciones rocosas y con la Sierra Nevada como telón de fondo, son un espectáculo en sí mismas. No es difícil imaginar por qué este lugar fue una fuente de inspiración para Gabriel García Márquez en Cien años de soledad, donde las “aguas diáfanas” y las “piedras blancas y enormes como huevos prehistóricos” parecen haber sido descritas a partir de este mismo paisaje. Sumergirnos en sus aguas fue como entrar en las páginas del libro donde el tiempo y la realidad se desvanecen.
Después de disfrutar de este paraíso natural, bajamos de la Sierra y llegamos al restaurante Las Majomas para almorzar. Ubicado en el barrio San Joaquín de Valledupar, Lourdes, su dueña, nos recibió con hospitalidad bajo la sombra de los árboles de mango y el vaivén de grandes mecedoras, comenzamos el festín con unos chicharrones crocantes, servidos junto al infaltable plátano maduro acompañado de queso blanco fresco. Luego, nos deleitamos con los tradicionales guisos de chivo, gallina y cerdo, acompañados por las historias de Lourdes, que parecían darle aún más sabor al momento.

El Balcón Maestre, centenaria casa cuya vista domina la plaza Alfonso López y que hace las veces de elegante hospedaje en el corazón del viejo Valledupar.

El Museo del acordeón – Casa Beto Murgas, un espacio dedicado a la difusión de la historia del vallenato. Foto:
Nuestra siguiente parada fue el balneario La Mina, en el Resguardo Indígena Kankuamo. Este rincón natural nos dejó sin palabras. Las aguas cristalinas del río Badillo, rodeadas de formaciones rocosas y con la Sierra Nevada como telón de fondo, son un espectáculo en sí mismas. No es difícil imaginar por qué este lugar fue una fuente de inspiración para Gabriel García Márquez en Cien años de soledad.
Día 3: Museo del Acordeón, La Paz, Manaure y la Reserva Los Tananeos
El último día comenzó con una visita al Museo del Acordeón-Casa Beto Murgas. Este museo es un recorrido por la historia del vallenato y del acordeón, desde su llegada a la región hasta su evolución como el alma de este género musical. Guiados por Beto Murgas, conocimos las historias de los juglares y su influencia en la cultura vallenata.
Después de empaparnos de historia musical, nos dirigimos a La Paz, donde hicimos una parada para probar las famosas almojábanas, declaradas Patrimonio Cultural e Inmaterial del Cesar en 2019. Elaboradas con queso costeño y horneadas en hornos de barro, estas delicias tienen una textura y un sabor único que las distinguen de las almojábanas del interior del país. Los locales las venden en grandes canastos recién salidos del horno a orillas de la carretera.
Nuestra siguiente parada fue la Reserva Natural Los Tananeos, ubicada en la Serranía del Perijá, camino a Manaure. Este lugar, de fácil acceso, nos recibió con un bosque seco tropical repleto de quebradas, ríos cristalinos, árboles nativos y una biodiversidad impresionante. Además, pudimos conocer los proyectos de reforestación asistida que se están llevando a cabo con especies autóctonas, un esfuerzo clave para la conservación de este ecosistema único.
A tan solo treinta minutos de Valledupar, en la vía que conecta La Paz con Manaure y la sierra del Perijá, este espacio sorprende con un cambio de clima y una riqueza natural que lo convierten en uno de los ecosistemas más biodiversos del planeta.
Cerramos el día en Manaure, conocido como el “Balcón del Cesar” por sus hermosos paisajes montañosos. Allí, disfrutamos de un almuerzo típico, servido en un ambiente sereno y rodeados por la majestuosidad de la Sierra Nevada.
De regreso al Balcón Maestre, pasamos nuestra última noche recorriendo las calles de Valledupar. Las historias y la música de esta ciudad dejaron claro que aquí la tradición no solo se preserva, sino que forma parte, en cada rincón, de la vida cotidiana. Con Carlos Liñán Pitre como guía, cada esquina revelaba un relato, cada casa tenía una anécdota, y el sonido del acordeón nos daba un abrazo de despedida.
Valledupar y sus alrededores son un lugar donde la tradición y la naturaleza se encuentran para preservar la memoria y la esencia de su gente. Cada espacio tiene algo que contar, desde las calles empedradas de Atánquez hasta las aguas cristalinas del río Badillo. Es un destino que combina historia, música, gastronomía y paisajes únicos, ofreciendo una experiencia que deja huella y te invita a volver.
Valledupar para los sentidos
Donde alojarse en Valledupar (centro histórico):
-Hotel Boutique Casa Rosalía @hcasarosalia
-Balcón Maestre @balconmaestre
-Hotel Sicarare @hotelsicarare
Para comer:
Restaurantes:
-Casa Belén Cocina @casabelencocina
-Taypa @taypavalledupar
-Varadero @varaderovalledupar
Comida típica:
-Compae Chipuco @compaechipucorestobar
-Las Majomas (Rioseco) @restaurantelasmajoma
Las mejores arepas:
-Arepas Estrato 6 @arepasestrato6
-Las arepas de Yane @lasarepasdeyane
Dulcería local:
-Fidelina @dulces_fidelina
-Delicias Myriam @deliciasmyriam
-Repostería Cecy Dangond @cecydangondreposteria
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Cristina Said
Periodista, especialista en Desarrollo Organizacional y Procesos Humanos de la Universidad del Norte. Escribe para los medios Contexto, El Tiempo y El Heraldo.