michael-shifter

Política y redes sociales, temas que para Cepeda Ulloa revisten especial importancia en las democracias de la actualidad.

Fernando Cepeda Ulloa, en la entrevista de Contexto.

Contexto conversó con Fernando Cepeda Ulloa, exministro de Gobierno, diplomático y un hombre con amplia experiencia académica, sobre las consecuencias que produjo la desaparición del bipartidismo tradicional con la Constitución del 91 y la proliferación de colectividades que hoy en día surgen en la escena política colombiana.

Cepeda Ulloa, quien también fue embajador y es doctor en Derecho y Ciencias Políticas, realiza en el siguiente diálogo un análisis sobre la crisis de la democracia liberal y la corrupción en el país, a la que define como un fenómeno inseparable de la política en todos los niveles.

Asimismo, se refirió por primera vez en público a los señalamientos al expresidente Virgilio Barco como promotor del genocidio de la Unión Patriótica.

Redacción Contexto: La dirección del Estado colombiano ha estado históricamente en manos de gobiernos que podríamos llamar de centro, caracterizados por manejos relativamente responsables en materia fiscal, partidarios de los cambios graduales y de las soluciones consensuadas. De ahí que se señale que el populismo autoritario no ha tenido aquí terreno abonado. ¿Cree que ello podría cambiar en el futuro próximo? 

Fernando Cepeda Ulloa: Superados los gobiernos hegemónicos a partir del Frente Nacional, hemos tenido gobiernos moderados que no han generado rupturas semejantes a la polarización que hoy vemos en los EEUU y en otros países.  Aquí ni siquiera ha habido dictadura; la de Rojas Pinilla fue una dictablanda. El civilismo es lo que ha predominado en Colombia según dicen varias ilustres personalidades como el Profesor de Oxford Eduardo Posada Carbó. El Gobierno de Uribe fue de centro como lo es el del presidente Duque. El Acuerdo de Paz rompió el consenso político y desde entonces vivimos una situación que dificulta mucho la gobernabilidad democrática. Es más grave que la polarización, entre otras razones, porque se nota menos, aunque está siempre presente. Y por ello hay tanta incertidumbre con respecto al 2022 como la hubo en 2018. Tanto la votación por Duque como la votación por Petro fueron sorprendentes. Dos candidaturas por fuera del bipartidismo, para no mencionar la de Fajardo. Estamos en un escenario que se presta para lo impredecible.

R.C.: El presidente Virgilio Barco ha sido señalado por el periodista Alberto Donadio de ser promotor del genocidio de la Unión Patriótica —UP. Usted que fue uno de los principales mentores de ese gobierno, ¿qué podría contarnos al respecto?

F.C.U.: Cuando leí el texto periodístico encontré inconcebible su conclusión y el presupuesto de la misma. A tal punto que me pareció que era mejor dejar así. Y esta es la primera vez que hablo en público sobre el tema. Me ha sorprendido gratamente que tantas personalidades de diferentes vertientes, y muchas de ellas sin vínculos estrechos con el presidente Barco expresaran perplejidad, indignación y  rechazo ante una afirmación de ese calibre. Rara vez se registra una reacción tan unánime y espontánea. Todos nos preguntamos, ¿y eso por qué y para qué? ¿Acaso un tema para la campaña electoral? ¿Acaso un tema contra el Liberalismo? ¿O contra todos los gobiernos?

Por fortuna, el expresidente César Gaviria hizo absoluta claridad. Contó cómo la estrategia del presidente Barco para preservar la vida y la actividad de la UP era formar una alianza con ellos. Para reafirmar esta estrategia, Gaviria viajó a Chaparral para apoyar la candidatura de Alfonso Gómez Méndez quien era respaldado por la UP. Y como si fuera poco recordó el papel de Horacio Serpa, el Procurador designado por el presidente Barco, más adelante ratificado por el Congreso y luego nombrado como Procurador.

También recordó el discurso de posesión del Presidente, en el cual presentó un saludo a los senadores y representantes de la UP y la orden que dio al Ministro de Gobierno para que instruyera a los gobernadores para que designaran alcaldes de la UP en aquellos municipios donde habían obtenido mayoría. La propia esposa de Bernardo Jaramillo, el candidato presidencial de la UP fue nombrada por César Gaviria en el Ministerio de Gobierno y el Exgobernador de Antioquia recuerda en la columna que escribió toda la preocupación del presidente Barco para que se asegurara la vida y la actividad de los miembros de la UP en Antioquia. Y así podría continuar con los testimonios de las personalidades que han escrito, para desconceptualizar afirmaciones tan descabelladas.

Hay dos testimonios que señalan lo mismo. Una del profesor de Oxford, Malcolm Deas, quien publicó una biografía del Presidente Barco el año pasado, la cual le tomó más de 10 años de reflexiones, consultas, entrevistas y la revisión del archivo oficial y el archivo privado, y que fue publicada en La Silla Vacía. En todo ese tiempo de indagaciones no se encontró el menor indicio siquiera de un chisme al respecto, mucho menos, por favor, de una política pública, así fuera secreta. Leopoldo Villar Borda publicó un año antes una biografía más extensa. Y publicó en El Espectador que esa era una conclusión sin fundamento e impensable. Creo que se ha reafirmado lo que se puede denominar el liderazgo moral que distinguió al presidente Virgilio Barco en todos los campos, y que se hizo evidente en su lucha frontal contra los carteles de la droga. Como si se requiriera algún ejemplo adicional.

Con el incremento de las redes sociales y la capacidad de los ciudadanos de opinar y manifestarse no siempre bien informados, se crea una situación que me parece es lo que el presidente Biden denominó “Uncivil War”, una guerra incivilizada, bárbara, irrespetuosa, capaz de dividir a una nación.

El sistema de partidos en Colombia está en crisis. Lo que uno observa, salvo quizá en el partido de Gobierno, son colectividades desacomodadas, poco representativas y con liderazgos endebles. ¿No cree usted que sería conveniente una reforma política que facilite un encauzamiento de fuerzas que de alguna manera nos lleve a la conformación de tres o cuatro bloques políticos como los que existen en algunas de las democracias más sólidas? ¿Cuáles podrían ser esos cambios?   

El principal efecto político de la Constitución del 91 fue la desaparición del bipartidismo tradicional. En algún momento llegamos a tener más de 50. Hoy tenemos entre 10 y no se cuántos. No vale la pena. Un partido con menos de 5 años de existencia ganó la Presidencia y otro con menos tiempo, quedó de segundo. Los partidos tradicionales no compitieron en la segunda vuelta, contribuyeron con sus votos y creo que aseguraron el triunfo de Iván Duque. Infortunadamente esa coalición victoriosa no se mantuvo. Entiendo que ahora el Gobierno cuenta con una mayoría en el Congreso. Antes de la pandemia decían que era inexistente y pocos meses después de iniciada la pandemia decían que Duque era un dictador. Si se analiza, infortunadamente ésta es la política entre nosotros. No hay reforma por valedera que sea, que pueda hacerse en el Congreso. Siempre existirá la coma, o el plural, o la palabra ambigua que permita que las cosas se hagan según el capricho de los congresistas. Existe un sistema perverso de incentivos que propicia esta proliferación de simulacros de partidos. En primer lugar, la deplorable financiación de las campañas que le abre el camino a su criminalización. Y no vale la pena decirlo, ni escribir libros, ni artículos, ni columnas, porque todo sigue igual o peor. El sistema político está enfermo. Y a nadie la interesa aplicarle ni siquiera una aspirina. Qué tristeza. Y así vamos para el 2022. Por eso hay docenas de candidaturas… es que ya no importa.

Usted ha escrito mucho sobre la corrupción, y en especial sobre la corrupción electoral. Varias iniciativas suyas encaminadas a eliminar el llamado “barril de los puercos” —con cuya grasa se suele aceitar a los congresistas para asegurar su respaldo—, han fracasado. Hoy tenemos una corrupción mayor e incluso más dañina por la crisis en la justicia que la acompaña. De todo ese recetario que ha estudiado y propuesto, ¿cuáles medidas cree convendría impulsar hoy para reducir este flagelo que tanto desacredita a nuestra democracia? 

La corrupción se ha tornado en un fenómeno inseparable de la política. En todos los niveles. La reciente Encuesta Global de Valores muestra que la opinión pública percibe que el fenómeno es igual en el sector empresarial. ¡Horror! Se proponen muchas ideas, se adoptan leyes muy poco eficaces. Y la audiencia crece… la corrupción se hace más compleja y escandalosa. La alimentación de los niños, el sistema de salud, hasta las ayudas para combatir la COVID- 19. Que hubiera llegado a las Altas Cortes es como para ponerse a llorar. ¡La reacción de la sociedad es mínima!

La herramienta más eficaz en los países que la han adoptado es la Delación Premiada o Whistleblower. Escribí un capítulo de 50 páginas en el libro que dirigió el nuevo Gerente del Banco de la República cuando era director de Fedesarrollo. Tiempo perdido. Como es tan eficaz ni pensar en hacer algo parecido. Aplicar recetas ya ensayadas y que no sirven. ¡Terrible! Verificar el desinterés del sector empresarial y de los partidos frente al tema es desconcertante. En ocasiones digo que no vale la pena seguir agitando el tema. Eso sí, pido en público que por favor no hagan más seminarios nacionales o internacionales sobre el tema. Eso es una farsa, un engaño. Y cuando traen expertos internacionales, peor. Fijémonos en el caso del Perú. Creí, ingenuamente, que al tener conocimiento de que Vladimiro Montesinos había grabado cientos de casos de corrupción que luego se transcribieron en varios volúmenes, Perú había quedado libre de semejante flagelo. Pero no, ya van 6 Presidentes judicializados y alguno prefirió el suicidio a salir esposado de su casa. Y cada día es peor.

Existe un sistema perverso de incentivos que propicia esta proliferación de simulacros de partidos. La deplorable financiación de las campañas que le abre el camino a su criminalización. El sistema político está enfermo. Y a nadie la interesa aplicarle ni siquiera una aspirina.

manifestacion

Virgilio Barco, tejo y cerveza en mano, durante una de sus correrías políticas.

Muchos politólogos y opinadores hablan de que la democracia liberal está amenazada señalando encuestas recientes en las que su aceptación como sistema de gobierno ya no es tan alta. No será mas bien que ciertos Estados se han vuelto cada vez mas inefectivos en resolver las necesidades de los ciudadanos, sobre todo cuando se comparan con democracias iliberales o gobiernos autócratas que ofrecen rápidas respuestas a la gente a cambio de sacrificar libertades?

La crisis de la democracia liberal lleva varios años, se podría decir que décadas y se ha venido incrementando. La esencia de esa crisis está en la pérdida de confianza de los ciudadanos en las instituciones y en las autoridades. También se manifiesta en la pérdida de representatividad de los organismos que dicen representar la voluntad popular: congresos, parlamentos, asambleas, concejos.

Entonces, con el incremento de las redes sociales y la capacidad de los ciudadanos de opinar y manifestarse no siempre bien informados, se crea una situación que me parece es lo que el presidente Biden denominó “Uncivil War”, una guerra incivilizada, bárbara, irrespetuosa capaz de dividir a una nación.

Esa guerra, si lo interpreto bien es la que se hace a base de teorías conspiratorias, mentiras, calumnias, deformaciones, exageraciones, es decir es la que caracteriza esta era de la posverdad. Entonces, manejar un sistema político en esa situación es prácticamente imposible. Un ejemplo dramático es, por supuesto, lo que le ha ocurrido al presidente Macron en Francia. Llegó gracias a un momento impresionante, impactante, que tuvo una duración de nueve meses, “en marcha”, y en un periodo similar se fue derrumbando y hoy diríamos que no tiene el pleno control de la situación. Surgen los chalecos amarillos, un movimiento sin un liderazgo claro, en el cual se juntan diversas poblaciones, o sectores, con demandas muy diversas, que hacen muy difícil el manejo de la situación, pero ya los representantes del pueblo en el Parlamento juegan un papel menor, los medios de comunicación tradicionales también, porque quedan desbordados por las redes sociales.

Hay otros elementos de esa crisis de la democracia liberal que está explicada ya en docenas, casi cientos de libros que se vienen publicando desde hace por lo menos 20 años.

¿Qué habrá que hacer para zanjar las diferencias frente al Acuerdo de Paz de La Habana? ¿Cómo pasar esa página y aplicarnos en la tarea de resolver tantos problemas que nos agobian como sociedad?

La ruptura del consenso, como consecuencia de un acuerdo de paz que no fue aceptado por todas las fuerzas políticas dio lugar, por lo menos, a tres momentos en los cuales se contabilizó electoralmente el desacuerdo fundamental, esto es lo que infortunadamente hace que no se pueda pasar la página.

Esos tres momentos fueron: la primera vuelta de la reelección del presidente Juan Manuel Santos. Óscar Iván Zuluaga ganó en la primera vuelta y ganó con tesis críticas del contenido del Acuerdo de Paz, no del intento de hacer la paz o de la necesidad y urgencia de hacer la paz. Fue un desacuerdo con algunos aspectos del acuerdo.

Un segundo evento, una segunda oportunidad para reconstruir el consenso fue el plebiscito de 2016, que contabilizó la mayoría del No, con lo cual debilitó el proceso político que llevó a la modificación del Acuerdo. Según sus críticos, no en los aspectos fundamentales, y hubo una nueva suscripción del mismo, en el Teatro Colón. Ese proceso ahondó las diferencias y el desacuerdo, hizo aún más vigente la ruptura del consenso político fundamental, porque un acuerdo de paz de esta naturaleza realmente toca aspectos fundamentales del consenso político.

Y el tercer momento fue la elección presidencial porque allí ganó Iván Duque, quien había sido, desde el Senado y en su campaña, un crítico de aspectos fundamentales del Acuerdo de Paz. La segunda vuelta, con el concurso de partidos que habían apoyado el Acuerdo, tanto en La Habana como el del Teatro Colón, permitió el triunfo de Iván Duque sobre Petro, pero no sirvió para construir un acuerdo sobre lo fundamental, o sea, sobre aquellos aspectos que habían dado lugar al desacuerdo con el texto del acuerdo final.

Por ello, las dificultades tan grandes que tuvo el presidente Duque a lo largo de su primer año de gobierno y seguramente buena parte del segundo, parece que ya cuenta con una mayoría en ambas Cámaras. Así lo sugeriría el hecho de que haya logrado que el Congreso eligiera en algunos cargos de importancia para el tema de pesos y contrapesos, personalidades afines a él, lo cual ha dado lugar, también, a fuertes críticas al Gobierno. Es un tema muy difícil y que requiere un intento serio para superar esa ruptura del consenso, que de ninguna manera le conviene al país.

¿Qué tipo de gobierno le gustaría ver instalado en la Casa de Nariño en 2022?

Ojalá en el 2022 contemos con un Gobierno que tenga un alto respaldo popular, con mayorías en las Cámaras y con una plataforma de Gobierno que convoque a la Nación entera, que comprometa a los grupos sociales y a los ciudadanos, que realmente cree una esperanza cierta en un futuro mejor y una plataforma que esté dirigida a conjurar los problemas históricos que no dejan que el país avance con la rapidez que debe hacerlo.