Margarita Garcia

Foto: Miguel Bruna en Unsplash.

Un llamado a no dejar polarizarnos.

Es un verdadero drama observar cómo la población está a merced del continuo sonsonete del poder, un bombardeo continuo de símbolos e ideas que hacen parte de un determinado ideario colectivo. ¿A qué obedece este sonsonete? ¿Cuáles son sus consecuencias?

¿Podría, quizás, calificarse como una forma de manipulación o, tal vez, como un adoctrinamiento? Estoy tentado a decir que sí. No obstante, me gustaría aquí plantear una cuestión inquietante de esta práctica, que afectan la cohesión y cooperación social.  

Conviene recordar que desde que el ser humano vive en sociedades organizadas el control social se convirtió en un factor clave en la ecuación del poder. Por eso, es difícil pensar en un poder que no trate de reforzar en la gente sus ideas sobre el orden de las cosas.

De hecho, los poderes establecidos tienen un rol central en la construcción de la realidad social, de las representaciones colectivas o, al menos, eso pretende lograr con su continuo sonsonete. Y en esa empresa participan también las autoridades del gobierno. 

Muchos de ellos están empeñados en posicionar su propio ideario, o conjunto de ideas ciertas o falsas con las que pretenden explicar la realidad para mantenerla o transformarla a su medida, y lograr que sus ideas se vuelvan verdad para muchísima gente.

Precisamente, esta es una de las razones del incesante sonsonete del poder, que no solo tiene como ejecutor magistral a las más altas autoridades, sino también a un grupo distinguido de fieles que actúan como coristas y repiten una y otra vez el estribillo.

Generalmente, los estribillos están cargados de emocionalidad o identificación, de necesidades existenciales o aspiraciones comunes, de especulaciones o utopías, de difusos planteamientos del problema o de la solución, y se recitan con un léxico muy particular.

Por ese motivo, esos idearios son incorporados por la gente de manera acrítica, y desconociendo las bondades o la complementariedad de otras perspectivas.  Así, se adquiere una idea reducida de la realidad, y una actitud de rechazo frente a otras ideas.

Esta crispación política en la ciudadanía afecta negativamente el funcionamiento de la democracia, pues crea un clima hostil entre bloques, divide a la gente, y no deja cabida a posiciones intermedias.

Esta resistencia cognitiva es alimentada astutamente por el poder, escalando el nivel de enfrentamiento con sus contradictores. Así se trasladan los conflictos ideológicos a la ciudadanía, a sus partidarios, y surge lo que hoy se denomina la polarización afectiva.

Una desafección o mala voluntad entre ciudadanos que están en polos opuestos del espectro político, que se expresa en el aprecio a nosotros y la apertura a todo lo que venga de nosotros, y el menosprecio a ellos y el rechazo a todo lo que venga de ellos.

Esta crispación política en la ciudadanía afecta negativamente el funcionamiento de la democracia, pues crea un clima hostil entre bloques, divide a la gente, erosiona la cooperación ciudadana, favorece la desconfianza y no deja cabida a posiciones intermedias. 

No sin motivo muchos académicos ven en ese fenómeno una patología del cuerpo social, fruto de una rivalidad inducida por el sonsonete del poder. Y tienen la preocupación de que en su expresión más extrema pueda desencadenar episodios de violencia.   

Hay motivos para estar preocupados. Por eso, el llamado es a tener una mente abierta, a ejercer el poder de cuestionar el sonsonete del poder, empezando por aquellos que nos son afines. Pues, como dijo Seneca, “La persona más poderosa es la que es dueña de sí mismo” 

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Julio Antonio Martín Gallego

Magíster en educación, Especialista en filosofía contemporánea e Ingeniero Mecánico de la Universidad del Norte. Investigador y consultor especializado en procesos de cambio educativo y aprendizaje organizacional.