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Colombia está a punto de llegar al millón de contagiados, pero se sospecha que hay muchos más.

Dicen que todo comenzó con un pequeño aleteo en China que ha terminado sacudiendo todo el planeta. En esta extraordinaria crónica, la autora nos muestra de adentro hacia afuera cómo ha sido la gran convulsión del Covid que aún no cesa.

Durante los meses de pandemia global, la humanidad se dividió entre: los que confirmaron la presencia del virus en sus cuerpos, los que no enfermaron o no manifestaron síntomas, y los que padecimos dolores nuevos y no pudimos saber si estábamos siendo atacados por el virus real o por nuestro miedo. Este texto es dedicado a los últimos.

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Un proverbio chino que describe la teoría del caos dice: “el aleteo de una mariposa se puede sentir al otro lado del planeta”, en este caso, según la versión más extendida, el de un murciélago. La expansión de ese aleteo me despertó una madrugada en la que me vi empapada de sudor, un sudor que no había sentido. Al moverme para palpar esa humedad inquietante, me dolieron los brazos, las piernas, el cuello, la espalda, una sensación de garrotazos recibidos en pleno sueño y que me habían magullado hasta los músculos desconocidos.

Por debajo de esa humedad, un frío se extendió desde el centro haciendo estremecer las extremidades y la mandíbula; el aire entraba a los pulmones como por un filtro de orificios apretados. “Llegó”, pensé, se incubó de manera silenciosa, latente, y estalló en una ráfaga de golpes y escalofríos. Volví a pensar: “¿llegó?”, quizá no, tal vez sea una recién estrenada hipocondría causada por el temor colectivo.

Dicen que el primer aleteo empezó al otro lado del mundo, en Wuhan, ciudad ubicada a más de 15 mil kilómetros en línea recta de Colombia, en un mercado popular donde venden animales silvestres para paladares exóticos o Yewei (gustos salvajes). Según la teoría, algunos chinos con ese tipo de gusto ingirieron una sopa de murciélago (por lo general servida con verduras, ramen y el animal entero, en el centro, como una pequeña gárgola negra).

Nunca, a lo largo de la historia de China, de las más antiguas del mundo, y de siglos y siglos de preparar e ingerir animales extraños, se había visto que un bocado pudiera ser un arma biológica capaz de matar a cientos de miles y detener el mundo. Tengo tres teorías: o Dios escribió un mal guion por afán y falta de su divina inspiración, o la naturaleza buscó una venganza rebuscada para deshacerse de una parte de la humanidad, o el surgimiento del virus tiene un origen distinto (y siniestro según los conspiradores).

Cierto o no, la hipótesis de los mamíferos contaminados y cocinados se convirtió en la oficial. Los chinos intentaron defenderse asegurando que la cepa del virus estaba en laboratorios de Estados Unidos y llegó, por obra y gracia desconocida, a su país. Entre ese peloteo entre orientales y occidentales, el Covid empezó a navegar en la saliva y los mocos, a volar con los estornudos, a transportarse en la piel, la ropa, los empaques, la suela de los zapatos, la comida, a extenderse en Wuhan hasta la casi omnipresencia.

Mientras por allá la gente se confinaba, y los chinos evitaban abrir las ventanas por temor a que el aire transportara a esa nueva bestia alimentada de millones de partículas de virus, aquí nos saludábamos con abrazos, tocábamos la mano de cualquiera, entrábamos a bares calientes por los calores humanos y nos amacizábamos con extraños en cada pieza de baile, compartiendo alientos y sudores. Desde aquí, yo no podía creer cómo el contacto de una caricia, un beso o un simple saludo pudieran convertirse en suicidio o asesinato. No creía que esos gestos pusieran en riesgo la salud pública y ser instrumentos de destrucción masiva.

En realidad, los contagiados sí son atomizadores humanos con millones de partículas contaminantes listas para esparcir. En Corea del Sur, cuando el reporte era de 30 casos, una mujer cristiana repartió, como hisopo de agua bendita, el virus entre más de mil personas. La señora, que ya tenía fiebre, tos y dificultad para respirar, consideraba que su enfermedad provenía del pecado, como promulga su credo. Pensando que el sacrificio la sanaría asistió a multitudinarias celebraciones religiosas, una boda, un buffet con amigos en un hotel y un funeral. Ya rendida ante la negligencia de Dios al no sanarla de manera milagrosa, acudió al hospital. Al narrar sus andanzas en los últimos días, las autoridades, que se habían cuidado de evitar un despelote sanitario, comprendieron que por culpa de esa mujer la pandemia era incontenible. Ella fue llamada el caso 31.

Mirando el monitor sentíamos que esas gráficas de círculos cada vez más numerosos y grandes, semejantes a goterones de sangre, empezaban a invadirnos, que el aire de la calle revolcado con la enfermedad se colaría por el edificio y entraría por debajo de la puerta.

Con la enfermedad se desató la xenofobia en el mundo. Los restaurantes chinos, llenos de mitos acerca de los ingredientes de sus comidas (perros, gatos, buitres, ratas, cucarachas) sufrieron el estigma de un mito más, el coronavirus. Aquí, en Bogotá, varias personas conocidas manifestaron su repulsión a entrar a comerse un chop suey, wonton o chau fan. En la calle había gente que al ver a cualquier oriental se cambiaba disimuladamente de acera como si en lo más profundo del ADN de esa raza se concentrara el “mal”.

Una joven china le comentó a una amiga que decidió ocultar sus ojos rasgados con grandes gafas oscuras, y ponerse capota en la cabeza para evitar miradas de desconfianza o alguna agresión similar a la ocurrida en otros países. También dijo que ella no era la única, que coterráneos suyos estaban tomando las mismas medidas de mimetismo para evitarse disgustos.

Mientras afuera, ella y otros orientales se ocultaban tras tapabocas, gafas y capota de la enfermedad y de la discriminación, en mi hogar veíamos el crecimiento en tiempo real del Covid-19. Desde la mañana encendíamos un monitor con un mapa del mundo que mostraba el surgimiento y crecimiento del virus a través de círculos rojos que iban apareciendo (primero como diminutas pecas) en cada país, y luego creciendo a medida que aumentaba el número de infectados. Siendo tan didáctico el mapa, y deshumanizante el medio de la virtualidad, intentábamos predecir, entre mi hija, mi novio y yo, cuándo llegaríamos a 150 mil enfermos, 200 mil, 500 mil… entre colores y formas olvidábamos que cada número nuevo representaba el riesgo de morir o una persona menos en el mundo.

El 6 de marzo apareció nuestro pequeño punto rojo en el mapa, primero casi imperceptible, más parecido a una miga pegada al monitor. Ese punto, se dice, llegó de Milán, Italia, en el cuerpo de una viajera que trajo como souvenir el coronavirus.

Mirando el monitor sentíamos que esas gráficas de círculos cada vez más numerosos y grandes, semejantes a goterones de sangre, empezaban a invadirnos, que el aire de la calle revolcado con la enfermedad se colaría por el edificio y entraría por debajo de la puerta, por el ducto de ventilación o por la ventana de la cocina. “Ya nos llegará el turno”, pensamos.

En la calle, cualquier tos por una saliva atorada o un estornudo por una cosquilla en la nariz, empezaron a ser vistos con el mayor pavor. En los supermercados la gente se abalanzaba sobre las góndolas de papel higiénico y llenaban sus carros con decenas de rollos que bien podrían aguantar la diarrea de una familia por un año. Aquello que veíamos en enero como si sucediera en otro planeta, nos respiraba amenazante en la cara.

El día que fui a comprar el mercado de la casa, se percibía un desespero más exagerado que el habitual (en esta ciudad desesperada). Los clientes caminaban rápido, disimulando las ganas de correr para agarrar lo que encontraran. Al mediodía ya se veían góndolas vacías, en la sección de frutas y verduras quedaban las peores con precios de ser las de mejor calidad. Se veían parejas con hijos, pero más que la intención de compartir en familia, era la de movilizar los varios carritos metálicos que arrastraban. En la sección de cárnicos, un señor de unos cincuenta años atravesó su carrito para impedir el paso de otros y, como si estuviera en una maratón, agarró unas diez bandejas sin mirar si era cadera, bola, pierna, brazo, búfalo, vaca, cerdo o pollo, las lanzó con el resto de su mercado, y volvió a la carga para agarrar más carnes.

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Y llegó el encierro y el silencio. Cesó el transporte, los restaurantes cerraron. Los colegios despidieron a los niños en sus rutas, algunos con un “hasta luego”, y en otros casos con un “adiós”. En el caso de mi hija fue con un adiós. Ella, Sofía, a tres meses de su grado como bachiller, llegó un día del colegio pensando que regresaría en dos semanas, y luego se entristeció al saber que no volvería, que se graduaría desde la sala de su casa frente a un computador. Sofía sabe que se encontrará con sus compañeros cuando todo pase, pero también sabe que ya no serán los mismos. Durante un tiempo fueron parte de un todo, y después serán parte de otro todo porque cada uno tomará un rumbo distinto.

Al final de la ceremonia de grado por Zoom dijo adiós con la manita levantada frente al monitor. Al final no quedó más que la pantalla negra como si su colegio se hubiera borrado del mundo, de ese mundo contemporáneo de la virtualidad que resulta más real ahora, y menos tangible.

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Cuando cesó el ruido de un día para otro y de manera abrupta se aguzó el oído y me di cuenta, a través de ese silencio, que durante años de vida citadina estaba sometida a una tortura ruidosa que punzaba sin dolor la cabeza y los pensamientos. La quietud fue un despertar. Me gustaba sentarme frente a la ventana y escuchar esa nada sin humanos. Desde el tercer piso que habito veía la carrera Séptima, una de las principales arterias de Bogotá, como una fotografía en la que solo cambiaba el color del cielo y de los semáforos.

Las ciudades se convirtieron en zoológicos llenos de jaulas de cemento con humanos viendo el afuera a través de sus vitrinas, a veces grandes, a veces pequeñas, con sus ojitos alertas ante el peligro.

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El mercado de Wuhan es considerado el primer epicentro de la pandemia por Covid-19.

En las tardes el viento hacía vibrar las ventanas y gritaba libre como si hubiera salido de siglos de cautiverio o estuviera feliz de respirar su propio aire ya sin esmog. Y en las pausas del viento, ya entrando el crepúsculo, en vez del ruido de las bocinas y el chirreo agudo de los buses al frenar en cada paradero, sonaban pájaros nuevos encaramados quién sabe en dónde porque nunca los vi.

Las ciudades se convirtieron en zoológicos llenos de jaulas de cemento con humanos viendo el afuera a través de sus vitrinas, a veces grandes, a veces pequeñas, con sus ojitos alertas ante el peligro. Desde ese confinamiento vimos cómo los animales bajaron de los cerros orientales. Se vieron tigrillos paseándose en conjuntos residenciales, zorros en Usaquén, culebras en la Circunvalar, y hasta una recua de caballos sin montura y sin estribos, corriendo huérfana por la Avenida Boyacá.

En la radio, que manteníamos como único compañero proveniente del exterior, cada sección estaba mezclada con la enfermedad: política y Covid, deporte y Covid, farándula y Covid, economía y Covid, corrupción y Covid. Los periodistas deportivos, ante la ausencia de competencias, rebuscaron en los archivos históricos para hablar de torneos pasados, entrevistaron olvidadas glorias y algunos más creativos narraron partidos del videojuego FIFA para darle color de fútbol a la cuarentena. Si alguna persona moría de una puñalada o un disparo poco valía si el arma homicida no era la enfermedad.

La primera víctima en el país fue Arnold de Jesús Ricardo, un taxista cartagenero que transportó a unos turistas italianos, quizá inconscientes de llevar en sus cuerpos el mal que mataría al conductor. En esa misma ciudad, Johana Rivera Ramos, una monja de 36 años de apariencia rolliza y sana, según la foto publicada en varios diarios, se murió sin saber de qué, fue después de enterrada que se determinó la causa. En Bogotá, el primer caso es el de Segundo (nunca salió publicado el apellido) un hombre de 76 años que llegó días antes de Estados Unidos. Recuerdo que una compañera del colegio de mi hija le dijo que en su barrio vieron una ambulancia y gente cubierta de blanco, de la cabeza a los pies, al parecer para llevarse ese cadáver.

Cuando las cifras fueron más veloces que la búsqueda biográfica de los difuntos, la gente, al ver que ya no eran vidas sino números, se sintió más tranquila. Dejó de importar que fallecieran 100, 200 o 300 personas cada día. Al hablar sobre este tema con el poeta Juan Manuel Roca durante una llamada, recitó estos versos de Federico García Lorca:

Debajo de las multiplicaciones hay una gota de sangre de pato.


Debajo de las divisiones hay una gota de sangre de marinero.


Debajo de las sumas, un río de sangre tierna…

***

Después de un mes de total encierro y la nevera casi vacía, salí a comprar algunos víveres. Por primera vez usé un tapabocas y resultó un martirio que resguardaba nuestro propio dióxido de carbono para ser respirado una y otra vez hasta la fatiga. Afuera vi puertas cerradas, jardineras de restaurantes y cafés con las plantas amarillentas y chirosas como un preludio de un cierre total (como sucedió con muchos), y cuadras enteras sin personas. Así, sola, con el tapabocas puesto y en esa quietud similar a la del ojo de huracán, se divisaba un panorama que antecede a la catástrofe.

Cuando la angustia aún no había cruzado el océano me iba a un bar llamado Cafetín de Buenos Aires para bailar tango, salsa o son cubano. En esa salida, al pasar frente a sus puertas cerradas por la pandemia, pensé, “allí iba a bailar”. Me sorprendió ese uso inconsciente del pasado en la frase, como si ese lugar fuera un recuerdo lejano y muerto, como si hubiera cerrado para siempre y no por un corto tiempo hasta que todo se reestableciera.

Esa percepción la noté en todo el recorrido: “allí comía postres con mi hija”, “en el de la esquina cenaba con mi novio y pedíamos dos botellas de vino”, “en aquel otro tomaba cerveza con Andrea (una amiga)”. Me sentía en una ciudad distinta llena de recuerdos, una sensación parecida a la de caminar por las calles de la infancia transformadas por el tiempo.

La fila para entrar al supermercado era larga, de media cuadra, no por la cantidad de compradores sino por la distancia entre ellos. Además de los juiciosos y cubiertos clientes estaban aquellos que sin tapabocas puestos pedían la misericordia de los que teníamos el dinero para mercar. Algunos se acercaban tanto que parecía un atraco a mano armada (sin arma pero con una exhalación amenazante de sus bocas expuestas al virus). En otras circunstancias doy mis monedas, una libra de arroz o granos y hasta esculco sus vidas, pero, ante la enfermedad, sentí un clic extraño, la ausencia de compasión a cambio de mi supervivencia.

Fueron contadas las salidas, unas tres, espaciadas por semanas. Entre recorrido y recorrido el ambiente se hacía más desolador, si se tenía esperanza de salir con la cabeza a flote de ese freno obligado, la realidad parecía desbocada hacia la ruina: ventanas, portones y rejas se empapelaron con avisos de arriendo. La situación me confirmaba que la sensación de nostalgia ante al pasado próximo era cierta. La mayoría de los establecimientos que frecuentaba cerraron del todo.

Dentro de las casas, cada enfermo multiplicaba la enfermedad entre los suyos y entre los otros. En las redes sociales empezaron a aparecer cruces y pésames por el fallecimiento de la abuela, el tío, la hermana, el padre, amigos… Andrea, la amiga que mencioné antes, sintió el listado de síntomas con excepción de la fiebre; la prueba de la EPS confirmó el contagio, pero su marido, con quien comparte la vida y la cama, salió con un resultado negativo a pesar de que él estaba peor de salud, decaído y hasta con náuseas. ¿Cuál es el diagnóstico correcto? No lo saben.

En las llamadas cada quien hablaba de enfermos ajenos y cercanos y comentaban sus propios malestares: “Creo que ya me dio”, “creo que me va dar”, “creo que soy asintomático”, “Tengo un dolorcito en la garganta”, “estoy caliente, puede ser fiebre”, “la vecina me habló cerca y estaba como pálida, ojalá no me haya prendido nada”, “No he vuelto a ver al señor de la tienda, ¿será que se murió?”.

Durante el encierro se extendió una burbuja que tememos que alguien traspase. Incluso la sentimos a punto de estallar ante la voz fuerte de alguien que está a nuestras espaldas hablando por celular. Empecé a sentir al otro como la encarnación del virus, como un pedazo de carne repleto de bacterias, fluidos y suciedad que lo cubren por completo, y entre todos intercambiamos nuestra podredumbre.

En otras circunstancias doy mis monedas, una libra de arroz o granos y hasta esculco sus vidas, pero, ante la enfermedad, sentí un clic extraño, la ausencia de compasión a cambio de mi supervivencia.

Mientras me encerraba más y más para deshacerme de mi suciedad y alejarme de la de los demás, algo empezó a germinar, a aprisionarme el pecho, a hacerme toser, arder los ojos y huir de las luces por una migraña hasta ese momento extraña para mí, y que me obligó a usar gafas de sol dentro del apartamento. Pensé que la presión en el pecho se debía a la fumadera, y la migraña por la falta de sol o la deficiencia de alguna vitamina, hasta que escuché la tos salir de las otras gargantas con las que comparto el hogar. Los tres tosíamos, y la intensidad de los síntomas era equivalente al pánico y a la ansiedad de cada uno: mi dolor era más fuerte, seguido del de mi novio, y por último mi hija.

No sabíamos si teníamos fiebre y en las droguerías ya se habían vendido los termómetros. A veces sentíamos las mejillas calientes y las manos frías, a veces lo contrario, o sentíamos la frente hirviendo y la nariz como el hielo. Estando en la cama el frío se filtraba a los pies y permanecía allí sin importar la cantidad de cobijas. A esa temperatura que variaba y se cambiaba de zona de acuerdo a su propio e irracional capricho, se sumó la debilidad.

–No puedo trabajar más, me voy a desmayar –me dijo mi novio. Al escucharlo me apresuré a ir al estudio. Estaba pálido, más blanco y pálido que de costumbre dado su tono de piel. Sus mejillas, siempre pintadas de un tenue rosadito, estaban incoloras.

–Quizá sea agotamiento –dijo inseguro.

No nos atrevíamos a pronunciar el nombre del virus que creíamos tener. Nos daba miedo que al mencionarlo saltara descarado para mostrar su fiereza, para enseñarnos su capacidad destructiva. “¿Sigues con… aquello?”, nos preguntábamos entre sí. “¿Quieres que compremos algo para esa… gripita?”.

Y esa gripita seguía haciendo estragos. El despertar resultaba más agotador que el cansancio nocturno.

Llamamos a un médico. Llegó vestido con todos los implementos necesarios para atender, incluso, a un moribundo de Covid. Su humanidad apenas se percibía en los ojos pequeños que apenas se veían tras una máscara de plástico, y bajo del plástico un tapabocas.

Ya adentro del apartamento, el médico tomó la temperatura, todos estábamos por debajo de los 37 grados.

–Si no hay fiebre no se preocupen, no tienen nada.

–Y, ¿los demás síntomas?

–Mmm, quizá sea faringitis.

–Y… entonces, ¿no hay necesidad de alguna prueba médica? –pregunté.

–Pues, si eso los tranquiliza pueden ir de urgencias a un hospital… Bueno, ustedes saben que corren un riesgo mayor si van.

Con la incógnita seguimos tosiendo, débiles, con dolores y medicándonos según la receta del médico, con acetaminofén.

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El aleteo de una mariposa se puede sentir al otro lado del mundo. El aleteo se extendió (quién sabe desde dónde), y tiñó de círculos rojos los continentes, ha contagiado millones de personas, matado a cientos de miles y nos mostró que podemos huir hasta del aire. Luego llegó a nuestro hogar, quizá como una invención convincente alimentada por la paranoia y la sugestión; o en realidad el virus llegó a través de la aspiración de un estornudo ajeno y contaminado, o de un paquete con restos de saliva de enfermo tomado de algún supermercado. No lo sabremos.

Ahora que medito, la propagación del mal y la certeza de la muerte se asemejan más al aleteo del murciélago, ese animal acusado injustamente de tenebroso, nocturno, mensajero de la muerte y la encarnación de los vampiros. Hablar del aleteo cavernario y a tientas de ese mamífero es una metáfora de la incertidumbre que se convirtió en pandemia y que ha hecho colapsar el planeta. ¿Hasta cuándo seguirá creciendo ese pequeño aleteo?

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*La crónica anterior hace parte de Los días de la pandemia, una excelente antología que la misma Diana Pachón seleccionó y editó, y que además de crónicas, contiene un diario, cuentos y hasta un poema, con autores de renombre como Juan Gossain, Cristina Gallego, Juan Manuel Roca, Andrea Aldana, Paul Brito y Andrés Mauricio Muñoz, entre otros

Diana María Pachón

Periodista y editora. Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar en categoría de crónica y de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) en la misma categoría, entre otros reconocimientos.