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Miguel Falquez-Certain, escritor, poeta y dramaturgo barranquillero.

La ciudad desnuda, en la más reciente novela de Miguel Falquez-Certain.

A fuego lento (Fray Candil / Emilio Bobadilla); La desposada de una sombra (Abraham Zacarías López-Peña); Fruta tropical (Adolfo Sundheim); El desertor (Plinio Apuleyo Mendoza); El cadáver de papá (Jaime Manrique Ardila); En diciembre llegaban las brisas (Marvel Moreno); El pez en el espejo (Alberto Duque López); Los domingos de Charito (Julio Olaciregui); Memorias de mis putas tristes (Gabriel García Márquez); La Reina (Plinio Garrido); La última batalla de Flores (Hipolito Palencia); Disfrázate como quieras (Ramón Illán Bacca); Esa gordita sí baila (Lya Sierra); La calavera es calva (Daniel Espinosa)… Todas esas novelas, y quizás algunas más que tienen derecho a escaparse, escritas desde comienzos del siglo XX hasta los años recientes, puede decirse que son novelas que tienen en Barranquilla el espacio en el que ocurren sus historias y se mueven sus vivos y sus muertos. Con distintos alcances y con niveles de mayor o menor protagonismo esta ciudad del Caribe colombiano está presente enmarcando sucesos, personajes, mapeando memorias y marcando relatos con sus referentes reconocibles: historias, gentes, río y carnaval.

Publicada por Escarabajo Editorial, una nueva aventura editorial independiente a cargo del poeta colombiano Eduardo Bechara Navratilova, proyecto que cuenta ya con una producción que sobrepasa los 60 títulos publicados, La fugacidad del instante, de Miguel Falquez-Certain, es en verdad una interesante apuesta por una novela que está destinada a acomodarse bien en el competitivo marco de la producción novelística colombiana reciente.

Una novela esperada ya durante muchos años, que vuelve a poner a Barranquilla en la palestra literaria, escrita por un poeta, narrador y dramaturgo barranquillero residente en Nueva York desde hace más de cuatro décadas. Es una historia múltiple, llena de muchas cosas que parecieran no caber en sus casi 700 páginas por las que desfilan abigarrados, como en una “batalla de flores”, cientos de personajes con sus nombres y apellidos completos, como si sus simples “gracias” fueran precisamente sus máscaras o disfraces, y como si se tratara de la prolija relación de una lista de invitados a un baile en el Country Club de la ciudad.

La fugacidad del instante es una novela contemporánea a pesar de su aparente anacronismo, narrada con un bien logrado control de los múltiples materiales que en ella se trafican. Hay en su desarrollo una suerte de atmósfera de desolada impostura, de ocultamiento primordial de lo que se siente, pero al tiempo un desgarramiento franco, íntimo, que casi duele, y que envuelve y acompaña su accionar y su acontecer; así como también la sensible presencia de unos exquisitos ademanes proustianos que logran construir una memoria que nos devuelve una Barranquilla nostálgica y decadente, desnudada en sus vergüenzas de racismo, exclusión social, homofobia y falsas y pretenciosas prosapias familiares (o reales y legítimas) que unos nuevos tiempos y que una nueva generación, la del protagonista, se encarga de desbancar y poner de algún modo en su sitio.

Como suele suceder con las novelas, La fugacidad del instante está antecedida y prefigurada también en 18 cuentos incluidos algunos en su colección de relatos titulada Triacas, publicada en Nueva York en 2010, y publicados también esos relatos en varias revistas literarias hispanoamericanas

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Portada del libro publicado en 2020 por Escarabajo editorial.

No es entonces solamente la historia de un personaje-narrador, el joven Carlos Alberto Rivadeneira, y todas las peripecias de su aprendizaje desde los 7 años de edad hasta los 17; una década intensa en la que ocurre no sólo la experiencia en la que un muchacho barranquillero homosexual se hace hombre, sino el universo familiar, cultural, social y político en el cual giran éstos personajes recordando una historia que reactualiza una memoria familiar desde la llegada de sus antepasados familiares a la ciudad a mediados del siglo XIX hasta los días en que el joven protagonista decide darle no sólo un vuelco a su propia vida, sino un nuevo sentido a una historia familiar.

Esta novela de Falquez-Certain se concibió y cocinó durante 40 años, pero su primer manuscrito completo se escribió desde el mes de enero de 2015 hasta el mes de septiembre del mismo año. Y, como suele suceder con las novelas, La fugacidad del instante está antecedida y prefigurada también en 18 cuentos incluidos algunos en su colección de relatos titulada Triacas, publicada en Nueva York en 2010, y publicados también esos relatos en varias revistas literarias hispanoamericanas. Pero la historia fue también en su momento una novela corta que ganó un concurso en Barrancabermeja. Y podría decirse igualmente que es una voz que se dice, aflora y se esconde, en muchos de los poemas de la extensa obra poética del autor. En todo caso, son historias y ámbitos por las que este personaje trasiega, circula y deambula hasta encontrar, con los días y el trabajo de la escritura incesante, un nuevo lugar de transmutación poética en el lenguaje de la novela. Un lenguaje en el que el narrador encuentra el agua propicia para navegar a placer en el mar interior extenso y profundo de su ambicioso paginaje.

La novela es la historia de un padre y un hijo, que a veces parecieran tener la misma edad, pero el narrador no quiere contentarse con contarnos solamente lo que le ocurre a él y a su familia, sino que abre al máximo el ojo de su cámara para involucrar a todos los que de algún modo tienen que ver con su vida: sus hermanos, sus familiares, sus amigos, los familiares y los amigos de éstos, los curas jesuitas del colegio San José, lo que ocurre en la Barranquilla y el Nueva York de los años 60 —que son los dos polos espaciales y temporales de las acciones de la novela—, y permeándolo todo como una agua poderosa que todo lo humedece y traspasa, el sexo, y todas las peripecias de su aprendizaje, desde la más tierna infancia hasta la voracidad juvenil de quien lo asume como una instancia de libertad, de reafirmación y rebeldía.

Destacan en esta novela su cuidadosa narrativa, la organización de una rica memoria, una honda indagación en el malestar individual del personaje y una cáustica pero elegante visión y descripción de lo que alguien llamara alguna vez “el paisaje moral de sus contemporáneos”.

Y así es, en primer lugar, la escritura de Falquez-Certain, ya sea en la poesía o en el relato está siempre urgida de una afanosa claridad y pulcritud del estilo, característica de la que hace alarde en esta novela en el largo y sostenido ejercicio de contar su historia. Una historia que envuelve y desenvuelve constantemente su descarga informacional en los papeles de la crónica social, en la autobiografía y desde luego en la decidida fabulación de una novela, generando con ello un inquietante cruce múltiple de líneas referenciales que seguimos apegados y atentos, inscritos como estamos en el juego de la literatura.

Por otro lado, lo que ya algunos lectores han empezado a considerar como una excesiva dedicación a recrear detalles que llenan páginas y páginas deteniéndose en las formas sutiles de un automóvil nuevo, de una calle de Nueva York o Barranquilla, de una casa o de un patio, del rostro o el cuerpo de un personaje, o en las ramas de un árbol genealógico, no es más que una propuesta que intenta una y otra vez el milagro de hacer presente y posible toda la inmensa complejidad de una época que sólo habita en la memoria de un solo personaje que existe única y exclusivamente para eso: no sólo para contarnos la novela acudiendo a la mera referencialidad de lo que pasa, sino para sumergirnos hasta el fondo en la hondura del lenguaje y contarnos todo lo que está detrás de lo aparente.

Asombra también la resuelta decisión de entregarse como narrador a la indagación en ese profundo malestar personal que la novela nos entrega acerca de la persistente ansiedad que el personaje protagonista padece desde muy pequeño apretado por el deseo propio de ser mago y el empeño paterno de que fuera el mejor mago más joven del mundo; y, claro, por el acicate incesante que desde niño le proponía una sexualidad que le planteaba desafíos cada vez más intensos en todo momento, quedando toda aquella pulsión casi siempre en una intención irrealizada.

Y por último, hablando de esa visión y descripción de lo que era la Barranquilla de esos años 50 y 60, enfatizo que no hay duda de que Miguel Falquez-Certain ha querido escribir esta novela para desnudar una cierta Barranquilla racista, intolerante y excluyente representándola como una ciudad que ocultaba su doble rasero y su hipocresía en una especie de farnofelia aristocrática y una falsa apertura hacia los diferentes.

Hay un nivel de lectura en esta novela que permite un disfrute ciertamente inusitado. Se trata de que un lector que conozca un poco la historia reciente de la ciudad; la de esos años mencionados y los posteriores, no podrá negarse al disfrute que con toda seguridad le va a representar el hecho de jugar a reconocer ciertos personajes con vida y milagros perfectamente reconocibles, pero escondidos tras un sofisticado antifaz que el autor les sobrepuso a la manera de nombres pomposos, raros o lejanos que no están para nada relacionados con los roles de los verdaderos personajes aludidos. Excelente recurso para no provocarle distracciones chismográficas a esta historia, y que pudieran perturbar sin duda su interés y su importancia.

Miguel Falquez-Certain ha querido escribir esta novela para desnudar una cierta Barranquilla racista, intolerante y excluyente representándola como una ciudad que ocultaba su doble rasero y su hipocresía en una especie de farnofelia aristocrática y una falsa apertura.

Así, como diría el crítico colombiano Gustavo Arango en una reseña publicada en El Heraldo sobre esta novela: “Un lector que conozca la sociedad barranquillera y cartagenera disfrutará mucho desenmascarando personajes, asignando nombres reales a esta comedia de costumbres que Miguel Falquez Certain nos ha regalado. Pero ese aspecto referencial de la lectura se diluirá con el tiempo —cuando no queden personas que reconozcan los modelos originales — y entonces será más visible esa elaborada filigrana repleta de verdades sobre la vida en sociedad y con pocas verdades sobre su personaje principal”.

Perfectamente de acuerdo con Arango en ese planteamiento pero no comparto la calificación de esta novela como una “comedia de costumbres” porque creo que disminuye la indudable estatura de complejo retrato social que ostenta la novela no importa que de manera engañosa se sirva un poco de esa cultura del sainete y del teatro ligero tan caros a las formas de representación escénica que históricamente cultivaban en la ciudad el propio protagonista, su padre y sus hermanos, y un grupo grande de notables de las más disímiles procedencias, estirpes y calañas, pero que en la novela no son sino un pretexto que permite recrear lo que sucedía en la vida social de ese momento y que constituye un interesante referente cultural de la ciudad.

Un libro exigente y poderoso que nos entrega la gran experiencia narrativa de un autor que ha llegado hasta aquí luego de un entrenamiento permanente en el poema, el cuento, la dramaturgia, el ensayo y la traducción.

Miguel Iriarte

Licenciado en Filología e Idiomas de la Universidad del Atlántico. Magister en Comunicación para el Cambio Social de la Universidad del Norte. Poeta, periodista cultural, ensayista, gestor e investigador cultural. Actualmente dirige la Biblioteca Piloto del Caribe.