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Adolfo Pacheco, quien recientemente ha sido noticia por su estado de salud, es uno de los más valiosos juglares vallenatos del Caribe colombiano y autor de decenas de composiciones clásicas del género musical.

A propósito de las recientes noticias sobre la salud del maestro Pacheco, intimidades de una de las más profundas pero sabrosas canciones del vallenato.

Adolfo Pacheco Anillo tiene un puesto privilegiado e inamovible en la galería de los más notables cantautores en la historia de la música tropical de Colombia.

Ha sido un trabajador solitario, de creatividad inacabable, cuya única herramienta imprescindible es la palabra, y al combinar ésta con la música esculpe joyas de invaluable valor que no tardan en arraigarse en el gusto popular.

‘La hamaca grande’, ‘El cordobés’, ‘El mochuelo’, ‘Mi machete’, ‘El pintor’, ‘No es negra, es morena’, ‘Mercedes’, ‘Gallo bueno’, ‘El tropezón’, ‘Te besé’ y ‘Me rindo majestad’ son apenas 11 de sus canciones emblemáticas, clásicas de nuestro pentagrama y vocalizadas por diferentes cantantes; sin embargo, su tema más sentido y nostálgico es ‘El viejo Miguel’, catalogado en forma unánime por los expertos como el merengue más profundo y cadencioso del vallenato por su letra y por su música.

Parece que Dios con el, dedo oculto de su misterio/ señalando viene, por el camino de la partida…

Sobre la historia de ‘El viejo Miguel’, afirmaba lo siguiente en una conversación el maestro Pacheco:

“Ese merengue se lo compuse a Miguel Antonio Pacheco Blanco, mi papá, quien fue un campesino de piernas curvas que en su juventud cortaba leña, y procreó hijos con varias mujeres. Lo escribí en 1964, año en que mi viejo, apaleado por la mala situación económica, se vio obligado a emigrar a Barranquilla, en contra de su voluntad, solo y en la ruina. Andrés Landero fue el primero en conocer la letra y cantarla, pero nunca la grabó”.

Los recuerdos de Adolfo Pacheco permanecen intactos en su memoria: antes de que la canción saliera a la luz, se la cantó a su papá, en Barranquilla, con el acordeón de Ramón Vargas, pero antes pasó un sofoco.

“Al viejo le aseguraron que me había burlado de su situación económica en ese merengue, y eso lo tenía muy molesto. Así que llegué prevenido, un poco nervioso y primero tuve que aclarar las cosas”, rememora Adolfo.

Una vez dentro de la casa de su progenitor, este dijo con tono sereno, pero fuerte, que no había escuchado todavía la canción, pero estaba muy enojado por los rumores.

“Yo había viajado con la finalidad de aclararle el malentendido. Y antes de cantarle, le comuniqué: viejo, no sé qué le han dicho. Con todo mi amor y respeto de hijo, escribí este paseo para usted. Si no le gusta, no lo canto más, ni permitiré que se grabe. Solo espero que sepa perdonarme”.

Apenas entonó la primera estrofa, al viejo Miguel Pacheco Blanco se le humedecieron los ojos. Recuerda Adolfo que al finalizar el canto, el viejo le dio el abrazo más fuerte y sentido que haya recibido en toda la vida.

Adolfo comprendió en ese momento que las explicaciones carecían de fuerza. Lo único que le quedaba era cantar. La canción se salvaría o se condenaría ella sola:

Buscando consuelo, buscando paz y tranquilidad/ el viejo Miguel, del pueblo se fue muy decepcionado…

Apenas entonó la primera estrofa, al viejo Miguel Pacheco Blanco se le humedecieron los ojos. Recuerda Adolfo que al finalizar el canto, el viejo le dio el abrazo más fuerte y sentido que haya recibido en toda la vida.

“No hubo necesidad de que mi padre me dijera que la canción le había gustado. Todavía, con lágrimas en los ojos, me dijo que eso era un homenaje inmerecido y no una burla, como le habían informado. Lamentó mucho haberme prejuzgado y prometió no volver a emitir un juicio sin escuchar primero al acusado. ‘El viejo Miguel’ lo concebí como paseo pero finalmente se grabó en ritmo de merengue”.

A la luz pública

‘El viejo Miguel’ fue publicado por primera vez en 1967, en el sello Tropical, por Nasser Sir, acompañado por las guitarras de Pedro Rafael Barrios y Gilberto Romero, y el acordeón de Ramón Vargas. El conjunto se autodenominó Los reyes del vallenato, y solo grabó tres estrofas de la canción.

Escasa trascendencia tuvo esa grabación. Solo sonó en San Jacinto y sus alrededores. La versión que sí pegó fue la que más tarde, en 1968, grabaría Lisandro Meza, con un sonido característico del bajo Magdalena.

Para el sello CBS, en 1980, los Hermanos Zuleta sacaron al mercado el trabajo discográfico ‘Pa’ toda la vida’ que incluyó 11 canciones. Una de ellas fue ‘El viejo Migue’. Sonó y pegó a la par de los paseos ‘Así fue mi querer’, de Gustavo Gutiérrez Cabello; ‘Pa’ toda la vida’, de Roberto Calderón;‘Costumbres perdidas’, de Dagoberto López, y ‘Mi hermano y yo’, de Emiliano Zuleta.

La versión realizad por Poncho y Emilianito de ‘El viejo Miguel’ es la que más le gusta al maestro Pacheco.

“Mi tema cumbre es ‘La Hamaca grande’, pero el que más me llena es ‘El viejo Miguel’. He llorado infinidad de veces con esa letra, cantándola o escuchándola.

El viejo Miguel murió en abril 1981, a los 70 años. A Adolfo le faltaban pocos meses para graduarse de Derecho, en la Universidad de Cartagena.

“Yo le había comprado una camisa azul, mangas largas, para que la luciera en la ceremonia de grado, tal como él lo había anhelado. Él odiaba los vestidos enteros y las guayaberas. Por eso le compré la camisa de su color favorito. Con esa camisa lo llevamos a su última morada”.

Su vida, tema de investigación inagotable

Adolfo sueña con escribir un libro que recoja sus memorias y confía en que realizará ese propósito. “Creo que tengo cosas interesantes por decir”, afirma. No peca de inmodesto. Su vida y su obra han seducido a investigadores del Caribe colombiano como Ariel Castillo Mier, quien elaboró un extenso y muy leído ensayo que tituló Adolfo Pacheco o el uso de razón en el canto vallenato. De igual modo, el filósofo Numas Armando Gil escribió un interesante texto de consulta sobre su obra, titulada Mochuelos y cantores de los Montes de María La Alta: Adolfo Pacheco y el compadre Ramón. Los investigadores vallenatos Jaime Maestre Aponte, Jesualdo Hernández Mieles y Carlos Emiliano Oñate Gómez, escribieron a seis manos el voluminoso libro de 386 páginas Adolfo Pacheco, el sanjacintero mayor.

También se presentó el lujoso libro Juglar de los Montes de María: Adolfo Pacheco, acompañado de dos discos compactos en los que reconocidas voces del Caribe interpretan algunas de sus canciones. El libro incluye artículos, crónicas y ensayos sobre Adolfo Pacheco, elaborados por varios escritores.

Adolfo Rafael Pacheco Anillo nació el 8 de agosto de 1940 en San Jancito (Bolívar), en el hogar conformado por Miguel Antonio Pacheco Blanco y Mercedes Isabel Anillo Herrera. Su existencia quedó marcada para siempre con la muerte de su madre, ocurrida cuando él apenas tenía siete años de edad. Su primer tema en ser grabado fue ‘Tristezas’, un paseaíto que redactó en las aulas del colegio Fernández Baena, de Cartagena, durante su etapa de bachiller. Lo grabó su amigo del alma, Andrés Landero, en el sello Curro, de Cartagena, en 1960.

Fausto Pérez Villarreal

Barranquilla (1965). Comunicador Social-Periodista, profesor de la Universidad Sergio Arboleda sedes Barranquilla y Santa Marta. Dos veces ganador del Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar. En 2014 fue finalista del Premio Internacional de Puerto Rico, entregado en Madrid.