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Un cable de la Agencia Efe, publicado en las páginas del diario ABC del 22 de enero de 1980, mencionaba que los organizadores de las fiestas habían construido 32 palcos o gradas con una capacidad para más de 40.000 personas. Al momento del incidente se calculaba que la ocupación era de 75.000 personas.

Las muertes de espectadores que asisten a corralejas no son nuevas en Colombia. Hace 42 años la capital de Sucre fue testigo de la mayor tragedia en una plaza de toros: el desplome de varias corralejas dejó un saldo mortal de 500 personas y más de 1.000 heridas. En el ruedo, varios toros embistieron a los sobrevivientes.

Quizás una de las máximas de la fiesta brava y de las corralejas es que la única sangre que deberá correr es la del toro o la del torero –del toro o del mantero, en el caso de esta última y controversial tradición del Caribe colombiano–. Hace 42 años en la plaza Hermógenes Cumplido, en el barrio Mochila, de Sincelejo, el desplome de las corralejas en las que miles de personas celebraban las fiestas del 20 de enero dejaría como víctimas mortales a 500 personas y un saldo de más de 1.000 heridos en lo que se considera una de las peores tragedias de las llamadas “fiestas” taurinas.

A las cuatro de la tarde de aquel domingo 20 de enero de 1980 una copiosa lluvia anunció su aparición a los espectadores que disfrutaban de las fiestas al son de los tradicionales porros y el sabroso ron. Mientras los toros del ganadero Pedro Juan Tulena iban y venían dejando su estela de mantas agujereadas, sombrillas saltando por el aire y manteros, garrocheros y enlazadores ejecutando su faena, los 3 pisos con palcos construidos para que 40.000 almas celebraran  lucían repletos de espectadores.

Aunque para muchos asistentes el sobrecupo empezaba a ser notable, el público seguía abarrotando las hechizas graderías. Lo que nadie sospechaba en medio de la bacanal era que la fuerte lluvia, sumada al peso de los espectadores que trataban de resguardarse de ella, comenzaron a horadar los cimientos y debilitar a la estructura construida en madera.

El diario El Heraldo, en 2018, publicó una detallada crónica con los eventos de esa jornada relatados por Bernardo Soto De la Ossa, quien tenía 19 años al momento de la tragedia y fue uno de sus sobrevivientes.

“Junto a mi abuelo Francisco Montes, que era ganadero, arribamos a las dos de la tarde a Sincelejo luego de un percance con la Nissan Patrol en la que viajábamos. Almorzamos y nos dirigimos luego a comprar las entradas pero no encontramos localidades en el palco del primer y segundo piso, los sitios para apreciar con mejor vista el espectáculo. Todo estaba colmado de gente, así que a pesar del descontento del abuelo no tuvimos más opción que ingresar al palco del tercer piso”, recordaba Soto.

“Llevábamos media hora en el palco cuando comenzó a llover más fuerte. La gente que estaba en la parte baja de los tendidos, cerca al redondel, empezó a correrse hacia atrás para protegerse de la lluvia. Buscaban refugio bajo el techo del palco y la aglomeración condujo al sobrepeso en esa parte de la corraleja haciendo que la estructura se desplomara. Eso pasó como entre 4:00 y 4:15 p.m.”, le relató el hombre al diario barranquillero.

La construcción en madera se desplomó como un castillo de naipes. Un tercio de las corralejas se fueron al suelo dejando un trágico saldo de 500 personas muertas y más de mil heridas. La mayoría de las víctimas fallecieron por asfixia, aplastadas y pisoteadas, o con graves heridas producidas por las filosas astillas de madera de los palcos destrozados.

Soto De la Ossa rememoraba así el instante la desgracia:

“Fue una caída estrepitosa. Fuimos los últimos en caer, como en un ‘efecto dominó’, unos sobre otros. Recuerdo que la primera expresión que me salió fue un ‘nojoda’ de esos que uno prolonga extendiendo la ‘a’ final, pero no pude terminarlo porque empecé a desplomarme. Mientras me descolgaba experimenté un vacío en el estómago, chocaba con cuerpos, con tablas. Caí de pie pero por fortuna solo me golpeé en las costillas y me raspé las piernas y los brazos. Estar en el último piso nos salvó la vida. Salí junto a mi abuelo caminando entre cadáveres, sangre y los gritos desesperados de la gente aprisionada”.

 

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Tragedias como la de Sincelejo en 1980 y El Espinal, en días pasados, dejan ver el nivel de improvisación y la poca regulación que existe para este tipo de eventos.

La construcción en madera se desplomó como un castillo de naipes. Un tercio de las corralejas se fueron al suelo dejando un trágico saldo de 500 personas muertas y más de mil heridas. La mayoría de las víctimas fallecieron por asfixia, aplastadas y pisoteadas.

Debido al elevado número de víctimas los hospitales no dieron abasto y a la ciudad arribaron de urgencia médicos de todo el país, entre ellos militares expertos en medicina de combate. Algunos de los sobrevivientes sufrieron enfermedades como gangrena, lesiones de la columna y osteomielitis. Aunque muchos se recuperaron, otros quedaron con graves discapacidades y hoy sobreviven pidiendo limosna o vendiendo boletas en sus sillas de ruedas.

Ocho años después, en 1988, el Consejo de Estado condenó al municipio de Sincelejo a indemnizar a 2.935 víctimas de la tragedia. La cuantía fue de $4.356 millones que asumió la Nación en su totalidad con el compromiso de que el municipio le reembolsara dichos recursos.

Alberto M. Coronado

Periodista y editor cultural. Es Editor general de Contexto.